A propósito de Tadeys /2
2008

por Omar Genovese
A propósito de Tadeys
de Osvaldo Lamborghini.
Segunda parte [leer la primera parte].
El escriba
Hay cierta recurrencia en la errata crítica respecto a Lamborghini: se lo sintetiza en el término locura, que justifica la obsesión por determinados temas, palabras, juegos. Y en tanto lúdico, se lo minimiza, a la vez que desprecia por casi incomprensible. Nada de su estilo es hermético más que lo que el lector ignora como significados: el único límite para acercarnos a su lectura es el de la ausencia de sed por sentirse conducido en la narración. Dejarse llevar, navegar en esa nave de locos de la eternidad, es el mejor norte de nuestra lectura. Porque los libros tienen ese brillo perenne, fantástico, y Lamborghini sabía de él: primero publicar… Vomir no reclama luces ni iluminación, sólo compañía para recorrer las escenas, y en eso es muy pragmático:
…se trata, una vez más, del efecto alucinante de la verosimilitud: no hay vida más allá de la creencia. (pag. 98)
Los personajes no saben de cuestiones morales, ni éticas. En el capricho de satisfacer cualquier deseo priva la inmediatez de lograrlo, así sea el más lúgubre, sádico y trasgresor. Primero el deseo, luego lo demás, amparado por esa sensación de tradición a-histórica que conviene en avanzar como pura ficción. Embebidos de cierta inocencia, los personajes muestran una honestidad burda y predadora, la pasión los consume sin importar las consecuencias. El tendero, antes de aplicar un castigo ejemplar a su familia (en el marco de cierta tradición inquisitoria), se explaya en un discurso digno del solipsismo del personaje amarrado al pensamiento infinito, como discurrir literario por excelencia, característico del universo kafkiano. En su formalidad expresiva ocurre un algo, otro: la interrupción es más que violenta, es la violencia que se repite en el acto, una y otra vez, repiquetea desacomodando el mundo nuevamente. A tal desajuste, Lamborghini agrega la acusación que nos persigue: de apasionados, nos vamos de boca, nos vamos para no volver, nunca. El efecto se logra de manera imprevista, guardando el escritor cierto velo que lo deja a reparo de la mirada del lector: por primera vez logra borrarse de la enunciación, pues tiene otras prioridades, como hacer de la historia narrada un todo que se modifica por propia gravedad, con apariencia independiente de ese que escribe. A su vez, tiene una dificultad insalvable pues es un intermediario, un traductor que debe construir la mirada de los personajes, a lo que llega de mil maneras, pero siempre en la torpeza del límite ya que lo que se modifica es por lo actuado, por lo que se ha representado hasta hacerse historia definitiva. Entre esos cambios, la fórmula opera con la magia de una frase (incognoscible, que sí administra el que escribe, a su antojo y gusto), como crisálida del absurdo: “…él (el obispo) era una mujer muerta.”
Mutaciones, relevos, situaciones que saltan de los goznes de una perspectiva lógica y humana conllevan la brutalidad del castigo, la lucha cuerpo a cuerpo en el exceso, la penitencia y el dolor como único remedio que en nada ponen orden, todo lo contrario, o más bien, ordena para trastocar el sentido, tal vez penitencia indispensable para sanarnos como lectores o enfermarnos definitivamente de palabras. Retomando la línea pictórica, encontramos otra señal, una nota al pie que nos lleva de viaje: tanto Durero como Holbein retrataron a Erasmo de Rotterdam. El mismo Holbein ilustró la edición de 1515 (Basilea), de Elogio de la locura (en realidad Elogio de la Moría, estulticia, cuyo significado remite a la necedad, tontería o insensatez; pero no a la insanía mental). El libro fue escrito en Londres, en una semana, mientras el autor era huésped de Tomás Moro: el cisma de la iglesia católica era inevitable, Lutero actuaba con mano férrea para dividir aguas, costumbres, y el lenguaje mismo. Como ámbito de integración del conocimiento y las artes, el período Edad Media / Renacimiento, comenzaba a fraccionarse chocando con los nuevos muros de la fe. Aquél reclamo humanista de Erasmo no se ajusta al voto estilístico de Lamborghini, pero es él quien invierte las fórmulas, da un vuelco con la historia que construye: lo humano fue por otro camino, materializando su necedad hasta el límite en que los personajes quedan encerrados por siempre en el destino que traza lo discursivo (las palabras determinan). Cuando Erasmo señala a religiosos y monjes (pag. 109, Elogio de la locura, Alianza Editorial, Madrid, 1984), lo hace con una vehemencia llamativa, colocándolos en el extremo mismo que hace frontera y confunde a la población respecto a la fe cristiana:




















