Archivo de la categoría ‘Cine’
Apuntes sobre El lado luminoso de la vida
12-02-2013Ocho ideas a partir de la película candidata al Oscar.
Por PZ.
1. Primero: juicio y castigo al titulador de las películas en Latinoamérica. Después de ponerle Una aventura extraordinaria a Life of Pi, ahora le endosa un montypythiano El lado luminoso de la vida a Silver Linings Playbook.
¿Quién mató a Mariano Ferreyra?
28-12-2012El tráiler de la película basada en el libro de Diego Rojas y protagonizada por Martín Caparrós.
Avance de la película “¿Quién mató a Mariano Ferreyra?” from Alejandro Rath on Vimeo.
Hollywood
30-09-2012Sunset Boulevard, refugio de las estrellas.
Por Fabián Soberón
(desde Santa Bárbara, California, EeUu).

A mi tía Marta Soberón, in memoriam
El auto tiene una rueda baja. Estaciono en la multitudinaria ruta 5, al costado. Me fijo en la rueda. Parece desinflada. No esta pinchada, pienso con alivio. Delante y detrás miles de autos corren a setenta millas por hora. Eufóricos, braman en la tarde soleada. Las luces intermitentes y los grandes carteles luminosos empiezan a encandilar como faros iridiscentes en una metrópolis desierta.
The fantastic flying books of Mr. Morris Lessmore
29-02-2012El corto animado que ganó un Oscar.
La película de William Joyce y Brando Oldenburg (ex Pixar) recibió el domingo el Oscar al mejor corto animado. Una historia a Buster Keaton y a Humpty Dumpty para transmitir la alegría de la lectura. Cursi, pero efectivo.
Filosofía en fotogramas
26-12-2011Sobre el ensayo Siempre nos quedará París. El cine y la condición humana, de José Pablo Feinmann (Ed. Capital Intelectual).
Por PZ.
De las más de 150 películas que José Pablo Feinmann menciona en Siempre nos quedará París (Ed. Capital Intelectual, 2011), sólo doce son de este siglo: menos de un tercio con respecto de la cantidad de películas de la década del cincuenta y la mitad de las de los ochenta. Si se considera que de esas doce, cuatro son de Woody Allen —el libro tiene varios capítulos dedicados a él—, que otras sólo merecen una mención casi a pie de página («Desgraciadamente, la droga arrasó con [Drew Barrymore], hasta que se recuperó e hizo Los ángeles de Charlie y se llenó de guita. Un final feliz. Ahora debe seguir tomando drogas, pero de mejor calidad…»), y que la cantidad de películas europeas y argentinas es muy exigua, la conclusión a la que se llega es que el cine, para Feinmann, tiene un lugar y una fecha determinados: Hollywood, a mediados del siglo XX.
Esta idea queda subrayada no sólo desde la portada —una composición a partir de un fotograma de Cantando bajo la lluvia (1952)—, si no también desde el propio título del libro: Siempre nos quedará París, dice Feinmann en el prólogo, «es una de las frases más hermosas jamás dichas en el cine y en la vida. Se la dice Bogart a Bergman en Casablanca, en el momento en que, saben, se separan para siempre». (Casablanca, dir.: Michael Curtiz, 1942).
Cine y literatura (en italiano)
01-07-2009Por Matías Fernández.
“Larga es la historia de la relación entre la literatura y el cine. Menos larga pero tal vez más importante es la relación entre el cine y la literatura.”
“Una cita de Del amor se convirtió en mi primer encuentro con el cine de Federico Fellini y la metamorfosis de Stendhal: La strada es un espejo que se pasea a lo largo de un camino.”
Guillermo Cabrera Infante – Cine o sardina
Mi relación con el cine es demasiado directa. Muchas de las sensaciones que doy por vividas provienen de la sala oscura. Cuando vi por primera vez Nuovo cinema Paradiso hace ya una legión de años, me quedé de piedra. Esa primera parte me espejaba de un modo difícil de explicar: la niñez al lado de un cine, el acceso a la cabina de proyección, y colarme en películas donde se necesitaban años que no había aún diligenciado.
La literatura es también cercanía. Pasan los años y es mayor el tiempo que paso a dialogar con textos que con personas, aunque pueda parecer algo triste. Mis itinerarios, reales o inventados, terminan vinculados a una página o a una escena, un intercambio, un fluir de diálogos y modismos.
El mapa de lo cotidiano sugiere siempre una cartelera, una vitrina con tapas multicolores; cada ciudad visitada ofrece el recuerdo de una sala, del modo en que vienen impresos sus boletos, de lugares mínimos abarrotados de libros, mesas de ofertas y nombres de autores que cuesta deletrear.
A principios de mes se realizó el ciclo anual de cine italiano en el Lincoln Center. El espacio fue bautizado hace nueve años como “Open Roads: new italian cinema”. Me sucedió una cosa que entra en el receptáculo de la anécdota o de la observación minuciosa. Las cuatro películas que vi tenían un vínculo casi sanguíneo con la literatura. Lo curioso es que nunca me propuse una programación que visitara esos parámetros. Mi criterio de selección se basó en el perfil del director, de los actores y en algún que otro eco llegado vía reseñas gracias a la plétora de información.
Tres de ellas eras adaptaciones literarias y la cuarta la dirigió un escritor, y no cualquiera: Alessandro Baricco. La que mejor se acercó a los esquemas narrativos fue Lezione21, precisamente de Baricco. Digamos que trazó el rodaje a su imagen y semejanza: cine como fábula, como sueño. Por un momento, no sabía lo que estaba viendo pero me gustaba.
Padre e hijo frente a la pantalla
20-05-2009Sobre Cineclub de David Gilmour.
Por María Agustina Melchiori.

David (homónimo del guitarrista de Pink Floyd sólo por casualidad) es un periodista cincuentón que ha transitado los sinsabores de la profesión y del matrimonio en varias ocasiones. La experiencia lo marcó en varios sentidos, aunque él sólo lo cuente (retaceando mucho la perspectiva) en una serie de flashbacks a lo largo del libro. Es fácil darse cuenta de que David está acostumbrado a un cierto estilo de vida que no puede resignar ni aún desempleado y que suele encarar los problemas con el optimismo de un adolescente. Entonces, cuando las circunstancias lo ponen frente a un desafío sin precedentes (la educación de un hijo de dieciséis años), todas esas vivencias deberán cobrar un nuevo sentido. Deberán hacerlo por fuerza, o es posible que pierda a su hijo para siempre. Sí, con esa fatalidad lo perciben David y su ex esposa Maggie, madre de Jesse, el adolescente en cuestión.
Jesse no quiere ir al colegio y tampoco trabajar. David y Maggie no quieren que el hijo adorado se les eche en contra si lo obligan a continuar con sus estudios, entonces David le propone un audaz experimento: No irá al instituto y tampoco trabajará (a menos que él quiera), pero tendrá que ver tres películas por semana, elegidas por su padre. Se mantendrá alejado de las drogas. Y eso es todo.
El relato de Cineclub es el de un arriesgado experimento sociocultural, basado en la intuición que un padre tiene de su propio hijo. Intuición subjetiva, teñida por el amor y por momentos distorsiva. David idealiza al muchacho, como todo padre, y se auto justifica al hacerlo. No importa que el crío subvierta reiteradamente las reglas; su padre lo tolerará y disculpará cada vez.
La naturaleza de Jesse, a quien se muestra como un adolescente que quiere rebelarse pero no sabe cómo (ni por qué, si después de todo las condiciones son óptimas: puede hacer absolutamente lo que quiera, excepto drogarse) es lo suficientemente cándida como para sobrellevar con éxito este experimento. El chico no miente y tiene un amor y un respeto por sus padres que resulta chocante y ajeno para el lector, tan acostumbrado en la literatura, el cine y las noticias a escuchar cómo los adolescentes atropellan, toman y hacen a gusto. El cambio es refrescante, pero deviene anodino y por momentos surgen planteos irritantes. Con un hijo de tan buena pasta, ¿por qué a David le cuesta tanto hacer respetar las reglas básicas que estableció en un principio?
Hey maestro, deje a los chicos en paz
15-04-2009Sobre la película Entre los muros de Laurent Cantet.
Por María Agustina Melchiori.
François, maestro de francés en una escuela de París, está redondeando un año difícil. El último ejercicio en clase consiste en expresar sencillamente qué fue lo que sus alumnos aprendieron durante el año. No importa que no sea algo relativo a su materia: simplemente necesita saber que todos los esfuerzos del colectivo de profesores no cayeron en terreno estéril. Sus estudiantes tienen entre 13 y 15 años y conforman un grupo particularmente difícil de manejar, multicultural y generalmente disperso; para completar, los referentes de la clase son los más distraídos y cuestionadores, generándole no pocos problemas de principio a fin del ciclo lectivo.
François lleva muchos años enseñando en la misma escuela y está, como sus colegas, abrumado por los datos de una realidad insoslayable: los chicos ya no los escuchan. Las nociones de respeto están diluídas, confusas. Los límites se han ido borrando y es más sencillo nivelar hacia abajo que incentivar a los perezosos a esforzarse. En esta última clase, una alumna particularmente contestataria le confiesa que no aprendió nada. “No puedes no haber aprendido nada” le dice François. “Soy la prueba viviente” retruca ella, aunque admite casi enseguida que leyó un libro por su cuenta y que le gustó mucho. Cuando François repregunta, es claro que no espera la respuesta: se trata de La república de Platón. Un libro que no figura en la currícula del colegio y que a la media de los profesores no se le ocurriría sugerir como incentivo a la lectura.
And the Oscar goes to…
24-02-2009Toda película comienza como un libro.
Por María Agustina Melchiori.
Cada historia es primero idea, luego palabra y muy pronto necesita materializarse en papel. O en el storyline virtual de las computadoras, vaya a saber el gusto de cada director, para después dar el salto a la pantalla grande. Este proceso actualmente parece ser uno de los mayores desafíos conforme pasan los años y Hollywood se va quedando sin ideas.
Pero… momento: Las ideas no se matan. Casi siempre mutan, se reciclan. Hay temas universales, incómodos y vendedores que no terminan de descartarse jamás. También temas políticamente correctos que conviene remozar año a año para aspirar al reconocimiento, si no del gran público, al menos de los pares. En la receta de todos los años, casi se diría que no puede faltar al menos una historia que tenga un correcto trasfondo político (Frost/Nixon, Milk), un dramón (The reader), y si no llegamos a una comedia, por lo menos algo que introduzca un poco de esperanza o un clima de cuento de hadas (Slumdog Millionaire, Benjamin Button).
Una de las características que se destacaron en diversos medios fue la escasa masividad de los filmes postulados al premio a “Mejor película”. Con excepción de El curioso caso de Benjamin Button (de quien hablamos largo y tendido en otro artículo), no hubo afluencia importante de público a las salas, ni siquiera una campaña de marketing agresiva para ninguna de las otras cintas en competencia. De hecho, cuatro de las cinco nominadas se estrenaron con el tiempo y la cantidad de salas justa para poder ser candidateadas.
