Ezequiel Zaidenwerg y Alejandro Crotto comentan un poema de Ernesto Cardenal que incluye a Marilyn Monroe
Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe,
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia
(según cuenta el Times)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también algo más que eso…
Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz).
Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox.
El templo —de mármol y oro— es el templo de su cuerpo
en el que está el hijo de Hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.
Señor
en este mundo contaminado de pecados y de radiactividad,
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda
que como toda empleadita de tienda soñó con ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos,
el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo.
Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
Para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.
Como toda empleadita de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.
Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y se apagan los reflectores!
Y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
porque la escena ya fue tomada.
O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
vistos en la salita del apartamento miserable.
La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue
como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan solo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.
Señor:
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)
¡contesta Tú el teléfono!
“Oración por Marilyn Monroe”, de Ernesto Cardenal (Nicaragua, 1925), es un poema desconcertante, como tantas otras cosas en la vida y en la obra del sacerdote nicaragüense. Este desconcierto radica en que su principal estrategia compositiva es la fusión no irónica entre dos retóricas en principio incompatibles: por un lado el discurso religioso, y más específicamente el género “oración” -presente desde el título hasta la invocación final, reforzado por las numerosas alusiones bíblicas-, y por otro la retórica y el uso de algunos iconos de la cultura pop (la misma Marilyn Monroe, los medios masivos de comunicación, el psicoanálisis).
Sin embargo, lo más sorprendente es que la utilización del pop no obedece a una intención liviana o humorística ni constituye un guiño para entendidos; por el contrario, el pathos del poema es decididamente trágico y solemne, y la figura de Marilyn Monroe, que defrauda las expectativas que en principio podría hacerse el lector, es presentada como un caso ejemplar de los efectos despersonalizadores que ejerce la cultura moderna sobre sus individuos, efectos que ellos mismos se ocupan de reproducir en perjuicio del prójimo: “ella no hizo sino actuar según el script que le dimos. / –El de nuestras propias vidas–. Y era un script absurdo”.
Así, como en los célebres retratos que le tomara Richard Avedon, Marilyn se nos aparece en toda su dimensión humana, y su icónica figura es utilizada con una intención admonitoria y moralizante. Sin embargo, la solemnidad y el patetismo que presenta el poema en el plano del contenido no se ven reproducidos en el plano formal: métricamente, el poema utiliza una forma semejante a la empleada por Ezra Pound en sus Cantos, y a pesar de las alusiones bíblicas y el tono de sermón, la selección léxica es más bien llana. En esas tensiones radica la fuerza del poema.