Surrealismo dibujado
19-08-2011Sobre Fantagás, de Carlos Nine
Por Federico Reggiani.
“Se dice que Girri es un poeta ‘intelectual’ –aunque , salvo algunos surrealistas, los débiles mentales nunca han escrito poesía”. El memorable brulote es de C. E. Feiling (Con toda intención, p. 95), y resume bien cierta sensación de debilidad, no necesariamente mental, que producen esos avejentados textos que utilizan la receta surrealista. Borges hubiera compartido el dictamen: Bioy Casares recuerda en su Borges (p. 327) que Jorge Luis habló alguna vez de “la creación impremeditada, repentina” de los surrealistas, que “es un procedimiento para los que enfrentan el famoso problema de Mallarmé de la página en blanco. Ése es un problema de periodistas, no de poetas. El periodista debe llenar un número de páginas. El problema del poeta consiste en cómo decir lo que tiene que decir”.
No creo que pueda sostenerse que Borges o Feiling defendían una poética de lo racional: el chiste de Feiling discute eso. Sí que defendían una poética de lo deliberado: no es el azar, sino la decisión lo que construye el efecto poético.
La debilidad adolescente que produce (o al menos me produce) cualquier texto canónicamente surrealista, creo que puede tener que ver con que el surrealismo, o lo más interesante del surrealismo, es básicamente visual. La frase del Conde de Lautréamont, tan festejada por los surrealistas, “bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas” funciona como la descripción de una instalación o un cuadro: es el cruce de los objetos lo que produce la belleza, más allá de los sentidos de esos objetos, salvo, quizás, por el carácter ominoso, y caro a cierto tremendismo surrealista, que aporta la mesa de disección.
Creo que este desvío un poco extenso puede ser útil como introducción a Fantagás, el libro de Carlos Nine que editó Moebius. Carlos Nine es uno de los más extraordinarios dibujantes que hayan dado estas tierras de muy buenos dibujantes, y hacía mucho que no podía verse por aquí alguno de sus trabajos, así que esta edición ya es una buena noticia en sí. (El libro recopila una historieta aparecida en Fierro, con una calidad de impresión que la hace parecer algo completamente nuevo).
La filiación de Nine con el surrealismo es expresa, como nos recuerda el reciente reportaje que le realizó Andrés Valenzuela, pero no se trata aquí de automatismo, sino de montaje: si hay una idea interesante en la mesa de disección del Conde, está justamente en esa idea de montaje, más que en la selección azarosa de los objetos. Y de eso se trata el método de Nine:
Vos agarrás cosas que no tienen nada que ver, las obligás a convivir y es como si encerraras cuatro locos en un departamento: algo va a pasar, algo van a hacer. Yo dibujo esa relación.
Pero hay algo más: esa mezcla de objetos heterogéneos funciona si la mesa de disección la sirve un dibujante como Nine. Porque esos objetos no están designados por palabras, sino puestos ante los ojos del que lee en un goce por su materialidad que es uno de los mayores méritos de este libro. Se trata, además, de un goce deliberado. “Pinto un bicho pero lo ilumino como Velázquez”, dice Nine, y no exagera.
La trama del libro importa poco, y hasta por momentos cansa: un detective alcohólico, un par de asesinos misteriosos -el guiño a Fantomas es también un dato surrealista-, erotismo y millonarios muertos. Importa sobre todo esa ciudad construida con sacacorchos y batidoras de alambre, esas gatitas irresistibles, la luz.
