(Cerramos el balance colaborativo del año con este texto de Vontrier, que además mira hacia el 2008).
Por Vontrier de Desconfianza Absoluta.
Lo que vendrá
El 2007 estuvo lleno de promesas literarias y de las otras. En medio de un cambio de mando político que augura más dolores de cabeza que alegrías, el lector curioso se encontró con las antologías de la nueva generación narrativa, la nueva narrativa brasileña, la habitual antología de nuevos narradores, en versión norteamericana, de Granta. Diferentes entre sí, las tres dejan la sensación de ser el trailer de la “nueva” literatura. Algo así como: “Mirá, estos son los que de acá en más vas a ver en los estantes de las librerías.”
Y no está mal que para eso también sirvan los libros: para ir mostrándole al lector de lo que es capaz un autor, con sólo un paneo de su escritura, más allá de ejes temáticos y de traducciones. Que se presente un mapa de nombres más o menos conocidos o totalmente desconocidos, para seguir, descubrir o perder de vista, según la predilección del lector me parece algo acertado desde todos los puntos de vista posibles, y lo digo dejando de cualquier tipo de polémica, aunque este dato no es un dato menor sino que revela que si todavía se generan polémicas alrededor de la literatura, afortunadamente, que todavía hay a quién le interesa. Ojalá, se llegue a generar un dialogo. Ojalá.
Creo que es lo mejor que deja el 2007, la oportunidad de definir, elegir y discutir qué clase de literatura tenemos y queremos.
Toda publicación que genere espacio para nuevos escritores, sean de la generación que sean, del origen que sea, es para celebrar.
Personalmente, descubrí a Jhumpa Lahiri. Tanto el libro de cuentos (Interprete de emociones, un título verdaderamente feo) como la novela (El buen nombre) me asombraron, me emocionaron, me dieron una clase de literatura sobre ciertos elementos que usan los escritores al momento de estructurar su narrativa.
También, el encuentro con la colección de las entrevistas de the París Review fue una de las sorpresas más gratas, junto con los cuentos completos de Dorothy Parker y conseguir, por fin, Los detectives salvajes, de Bolaño.
Pero si algo va a dejar marcado el 2007 en mi calendario, es haber leído Los suicidas de Di Benedetto: por la forma, por el tono, por la síntesis, en fin, quién soy yo para hablar de Di Benedetto. Ojalá que quién no haya leído, vaya y lo lea.
No son todas buenas. El 2007 me deja el agujero de la ausencia de Fontanarrosa y su reconocimiento tardío –como siempre- como uno de los grandes escritores argentinos, y un panorama cultural en la ciudad poco alentador: la posibilidad de festivales y movidas culturales a las que nos habíamos acostumbrado y de las que nos habíamos apropiado que se ven tambalear. El cierre del canal de la ciudad en donde se podía no sólo ver sino escuchar qué y a quiénes leían los que escriben; el recorte del presupuesto de la Audiovideoteca, en fin, todas esas cosas contra las que de alguna manera, tendremos que batallar durante el 2008.
Seguramente, se me están escapando un montón de cosas y seguramente, también, me fui un poco de tema, pero el 2007 me deja la angustia de no saber ni cómo ni dónde quedamos parados tanto los que leemos como los que escribimos. Pienso en la feria del libro y su impresionante cantidad de público en un país que no lee y en donde el analfabetismo crece día a día y al mismo tiempo, en las tertulias de lectura en los bares y en las ferias del libro independiente. Suena contradictorio pero ha sucedido todo este año y ojalá, se repita el que viene.
El 2007 me deja, al menos a mí, la seguridad de que hay tanto para hacer, leer, escribir y participar que el 2008 nos quedará chico.