Desconfianza Absoluta
Estuve leyendo el post y luego los comentarios. Aunque en muchas, coincido con lo comentado, aunque me parece que quedan cosas por decir.
Tengo un problema con la palabra contemporánea dentro de la frase de Molina. No sé si se refiere exactamente a la literatura de nuestra época; a toda la literatura -donde nos guste o no, JKR tiene lugar y parece mover los pelos de mucha, mucha gente- o de la literatura contemporánea nacional. Si hablamos de la literatura argentina, ciertamente, no le mueve el pelo a mucha gente, desde hace muchos años. Más de diez, de veinte, de treinta. Sólo por nombrar a dos o tres, muy pocos conocen los cuentos de Bernardo Kordon, pasaron muchos años para que se valorara la obra de Antonio Di Benedetto o de Sara Gallardo. Como ven, no estoy nombrando a ningún escritor argentino vivo en estos días. Nadie se acuerda de recomendar leer a Marco Denevi o a Wilcock, simplemente porque a Marco Denevi, el que lo conoce, lo conoce porque recuerda la película Rosaura a las diez y a Wilcock porque fue a la facultad o a algún taller, en donde hablaron de Marcel Schwob, después de nombrar a Borges.
Quiero decir, hace muchos años que la literatura argentina no le importa más que a los que tienen algún interés personal (y casi deportivo, me animaría a arriesgar) en ella. Y por supuesto, esto es sólo un síntoma. Un síntoma de la decadencia cultural en la que fue cayendo la “Europa Latinoamericana”. No es azaroso que recién en el 2001, los argentinos nos diéramos cuenta que éramos más parecidos a los peruanos o a los paraguayos que a los franceses -y hablemos solamente de la que se erige como la conciencia social del país y que, paradójicamente, ahora cambio su nombre a CABA- o en el peor de los casos (quiénes leyeron un poco, lo saben) a la prima pobre de Europa: España. Disculpen que me aleje un tanto del tema, pero me parece que hay que señalarlo.
Tampoco podemos olvidar que hubo muchos momentos políticos, al menos en los últimos sesenta años, en dónde no sólo hubo libros y escritores prohibidos, sino que nunca se estableció un programa efectivo para que la gente se pusiera a leer (convengamos también que no son tantos, en un país como este, los que saben leer y escribir. En realidad, somos muchos menos de los que nos arriesgamos a imaginar) o aunque sea, para que aprendiera a hacerlo. Adjuntemos el hecho de que la escuela ayudó cada vez menos, con sus planes de estudio. Que alguien me corrija si me equivoco, pero creo que no son muchas las escuelas, de las que antes se llamaban “educación media”, que exijan que sus alumnos lean un libro completo por año. Por año, digo. No por mes. Y acá, no me voy a poner a decir que la culpa es de los docentes, que no quieren laburar porque ganan poco, porque… mi madre fue docente toda su vida, tiene sesenta y cuatro años, y siempre ganó poco como docente, lo que no le impidió, cada vez que tuvo los tres últimos grados de la vieja escuela primaria, armar una biblioteca en el aula y destinar una hora semanal a la lectura de un libro elegido por cada uno de sus alumnos. Pero claro, los tiempos cambiaron. Cuando yo me recibí de docente, la mayoría de mis compañeras se hacían maestras porque era una salida laboral rápida. No sabían cómo usar los signos de puntuación y escribían con faltas de ortografía pero en dos o tres años, tenían un título que las habilitaba para conseguir trabajo (aunque se recibieran de cuida chicos y no de docentes).
Dentro de este panorama, salvo que uno se vuelva avestruz y meta la cabeza dentro de un agujero en la tierra, es notable que todavía haya gente que lea.
La producción editorial no se detuvo en los últimos sesenta años y recién, un poco antes del menemato -diez años son muchos años; más de diez años, afectaron a más de una generación de potenciales “lectores”-, empezó a comportarse de la misma forma que la industria de bienes de consumo. No digo que antes fueran santos. Todos los que tienen un negocio quieren ganar dinero con él pero, a lo mejor, había otro concepto del negocio editorial. A lo mejor, se creía que era necesario que la gente leyera. ¿A alguno de ustedes, sinceramente, le parece que, en un país que tiene cada vez más gente viviendo en la calle, sin comer, sin un programa de salud que los atienda, con una justica lenta y una policía corrupta, es importante leer? Sí, cualquiera de ustedes va a decir que sí. Yo también digo que sí. Yo también voy repitiendo que cada vez que lees, cada vez que escuchás un disco nuevo, cuando ves una película que te rompe la cabeza o descubrís un pintor que más o menos tiene tu edad y te quedás mirando sus cuadros, es más difícil que te engañen y te lleven por delante. ¿Pero cómo puedo decir esto alguien que tiene que arrastrar un carro, después de meter la mano en la basura, todas las noches, junto a toda su familia?
Quizás suene panfletario y hasta un poco hincha pelotas de mi parte pero… a quién le puede mover un pelo la literatura cuando la vida es una catástrofe. Y disculpen que lo diga, no es un caso arquetipico el que estoy relatando, son miles. Quizás millones.
Sin embargo, no es sólo esto lo que aleja a la gente de la literatura. Porque todavía hay mucha gente, como yo, como ustedes, que puede darse el lujo de ir al cine, comprar música o libros y sin embargo, prefiere ver la tele o jugar al fulbo –cosa que no es criticable porque cada cual satisface su placer como mejor le viene- y que cuando uno les habla de libros dicen algo así como “Ahí salió el/la nerdo/a, otra vez con el librito” y acá, también hay algo para notar: la literatura argentina se alejó de la gente. Se hizo una cofradía o varias, sería mejor decir, en dónde la cuestión es pegar primero porque el que pega primero, pega dos veces. Ya sabemos que es imposible que la gente se ponga a hablar de literatura sin discutir y que la discusión no termine como una gresca entre hooligans. Eso, estimados, también va en detrimento de la literatura. Porque, sin pecar de ingenua, podemos estar en desacuerdo pero eso no nos hace enemigos. Cuando algo nos hace enemigos, efectivamente, hay otra cuestión de fondo. Y en general, esas cuestiones son personales. Y cuando un alguien educado, formado, con trabajo y necesidades básicas satisfechas, huele algún tufillo personal en los asuntos de la cultura, deja de prestarle atención. Más allá de esto, cuando los que escriben empiezan a tirarse de los pelos, los que leen, dejan de leerlos y se vuelven a los cuatro o cinco próceres literarios argentinos.
Como en alguna otra época pasó con el cine nacional, hay quién dice que no lee literatura nacional porque no se la banca. Que prefiere leer una traducción, literatura de afuera, los apuntes de la facultad, la fotocopia de un cuento de Mauppassant que le pasó el compañero de trabajo que estaba haciendo las copias para el chiquito que va al colegio. Nada ayuda, pareciera. Nada ni nadie. Y quedamos siempre los mismos hablando del asunto.
A todo esto, hay que sumarle la poca información objetiva que dan los medios. Los grandes medios que lo único que hacen es manipular la poca opinión pública que les cree –y que en buena parte, no tiene otro tipo de lectura- para su propio beneficio. Y creanme que sé de qué hablo. Trabajo en uno de los grandes medios que hace esto.
A mí no me sorprende que la literatura no le mueva un pelo a nadie, la verdad. Y, aunque no me guste Harry Potter, me da un poco de esperanza que esperen los libros con tantas ganas. Porque de un libro se salta a otro y de ese a otro más. La lectura es una adicción. Y es la única adicción que te lleva a una sustancia mejor y no te destruye las neuronas, al contrario, las activa (aunque aquí deberíamos ponernos a ver si en realidad, a todos los que llegan reventados de trabajar a las diez de la noche, después de que el subte o el tren los dejó a pata, luego de hacer las doce mil quinientas cuentas para ver cómo hacen para llegar con la plata, le dan ganas de ponerse a leer un libro y a pensar).
A mí me sorprende que, con este panorama, todavía haya quienes lean y que haya tantos que escriben; seamos mil, diez mil o un millón. Un millón en treinta tres millones, no es nada pero es algo.
Y me sorprende, cada vez más frecuentemente, que uno de mis amigos se acerque y me diga: Che, V, recomendame un libro, y yo piense que está bueno que pase, aunque me tenga que romper la cabeza eligiendo el libro que no lo va a aburrir y que lo va a hacer querer seguir leyendo.
Eso me sorprende. Me sorprende y me alegra un poco.