29/02/2008

Las sutilezas de Kawabata

Por Marcelo Zuccotti

país de nieve

Introducción

Pienso que si un grupo de personas, que no se conocen entre sí, te recomiendan la lectura de un libro, debe ser porque el texto así lo amerita. Es lo que me pasó con este libro de Y. Kawabata, País de Nieve, en lo que ha sido mi primera experiencia acerca de un texto de autoría oriental.

Más allá del relato, parece inverosímil en esta vorágine cotidiana que un autor escriba un cuento a lo largo de dos años, con un final abierto, y, por presión de sus propios lectores, concluya, con otro texto de casi la misma extensión, doce años después. Debe ser propio de la filosofía oriental el tomarse tanto tiempo para darle continuidad a una novela.

Lo que resulta de necesaria ayuda es la Introducción, realizada por el traductor, Juan Forn, sin la cual, de alguna manera, las piezas no terminan de encajar unas en otras, como así tampoco el final del autor, acaecido en 1972.

La obra

Cuando se empieza a leer, se siente el mismo efecto que tiene sobre el espíritu de uno la contemplación, ya sea de una pintura, una obra de arte o bien de un paisaje. A través de sus delicadas y bien escogidas palabras, Kawabata se encarga de transmitir en parte ese estilo narrativo donde el tiempo es un elemento más de la ficción, en medio de un conglomerado de situaciones tradicionales japonesas, tan alejadas del lector occidental que lo obliga a tomarse el mismo tiempo para madurar las ideas acerca de aquello que se desea expresar.

Lo cierto es que el texto no carece de belleza; en él se alternan las imágenes del costumbrismo japonés de principios de siglo XX –donde está ambientada la narración- con el acontecer pasional de sus personajes, y en la que la descripción de esas pasiones se manifiestan incompletamente, obligando al lector a esforzarse por rellenar en gran medida las líneas que el texto sólo sugiere o deja entrever.

Conclusión

El libro se lee de la misma manera que se disfruta de una postal de incomparable belleza. Si bien la realidad del relato se encuentra muy alejada de nuestra filosofía occidental, no por ello no deja de ser una historia de amor y desencuentro. Porque ésa es su esencia. El eterno juego del que ama y del que se deja amar; del que nada tiene y se entrega por amor y del que tiene todo y la entrega del otro es sólo algo más. Narrado en un “tempo” más lento, en medio de una circunstancia geográfica acorde y haciendo uso de detalladas descripciones, con la intención de transmitir la profundidad de los sentimientos, que no pueden verse reflejados –o no está permitido culturalmente que así ocurra- en el transcurrir del relato.

Otra maravilla de la literatura, que opone a la furiosa realidad explícita de los medios de comunicación de masas actuales la existencia de un lenguaje donde abundan sutiles imágenes del interior del ser humano que necesitan ser descubiertas por quien lee.

29/02/2008

Recibí: Sale el espectro

Por P Z

Agradezco a Editorial Sudamericana el envío de Sale el espectro de Philip Roth.

sale el espectro

28/02/2008

Bioy en Lost

Por P Z

¿Y qué? Bioy Casares nos gustaba mucho antes de que se alguien lo leyera en Lost. Por eso decidimos no hablar del tema.

la invencion de morel

Un amigo fana de Sex & The City me contó que cuando las protagonistas filmaban en un restaurant o usaban zapatos de una marca determinada, días más tarde el restaurant se abarrotaba de clientela y ese modelo de zapatos se vendía hasta agotarse.

Por lo que cuenta Leandro, se ve que los editores de Bioy aprendieron de aquella experiencia.

28/02/2008

Por la captación del detalle

Por P Z

Gracias a Fernando llego a esta entrevista a Martín Kohan (remerita Adidas infaltable) en la que habla de Ciencias Morales:


Hay una base autobiográfica que tiene que ver con que fui alumno del colegio, y fui alumno de este colegio en esos mismos años. Por lo tanto es un mundo que conocí, y es un mundo que viví, y algunas de las situaciones que se plantean en la novela las conozco por mi propia experiencia. Pero al mismo tiempo, por lo general no hay un traspaso demasiado directo en mi caso, entre lo que es netamente autobiográfico -o sea, mis vivencias personales- y lo que después pongo en la ficción. En esta novela ese mundo es un mundo que conozco, muchas de esas situaciones conozco y muchos de esos lugares los conozco, pero no hay una plasmación autobiográfica en el sentido que mi propia vivencia no está puesta en la novela de manera directa. Raramente hay algo del orden de mi experiencia personal que me resulta motivador para llevarlo a la literatura. En general lo vivo más como una separación, y en la literatura me interesa más narrar y trabajar experiencias que no son directamente mías.

La novela transcurre no solamente en ese colegio, sino en ese colegio durante los años de la última dictadura militar en Argentina. Y yo creo que esto es necesario decirlo, porque no sería justo y no sería verdadero una consideración del colegio en general sin atender esa circunstancia en particular. Incluso yo mismo cursé mi bachillerato ahí entre 1980 y 1985. La dictadura terminó en el 1983 y, de alguna manera, fueron dos colegios distintos para mí. Dentro de estas características generales de disciplina y de rigurosidad y siempre con la tradición patriótica detrás y todo ese aparato. Aún con todo esos elementos constantes hubo un quiebre, y hubo una diferencia importante. Y por lo tanto una buena parte de lo que la novela está poniendo en juego, tiene que ver con el colegio en general, pero más en lo particular con las condiciones en ese colegio que tiene muchos estudiantes, varios estudiantes desaparecidos durante la dictadura militar. Creo que es inseparable de esa misma coyuntura política. El colegio no es solamente esto que la novela muestra, aunque lo que la novela muestra es en buena medida el colegio.

No voy detrás de una relación entre literatura y política en el sentido en que la literatura podría hacerse cargo de un reflejo de una realidad política. Esa mirada más panorámica de los procesos sociales y políticos en un sentido muy abarcativo, no me interesa mucho desde el punto de vista literario. Sí me interesa del punto de vista de la comprensión de los procesos históricos, etc. Pero desde el punto de vista específicamente literario, me interesa más cuando lo político aparece tocando situaciones más cotidianas, y por lo tanto más concretas. La mirada panorámica me parece mejor en un sentido para una comprensión histórica, pero menos interesante desde el punto de vista literario, en cuanto a que mi búsqueda tiene más que ver con la captación del detalle, en situaciones muy cotidianas, pero también, por lo tanto, muy concretas. Sí, efectivamente son años de represión. Cómo funciona esa represión, no ya en el gran aparato de Estado, si no en las formas mínimas del control sobre la vida cotidiana de las personas. Ahí es donde una institución como un colegio, y en particular este colegio que es como el referente del sistema educativo en Argentina, me resultaba provechoso para esta clase de indagación literaria. Sólo así me parece que la literatura puede tocar provechosamente lo político: para captar esos matices y para captar esos detalles.

28/02/2008

Heil Disney!

Por P Z

El juego de las siete diferencias:

¿Hitler dibujante o Hitler dibujando?

¿Y si paramos de cortar cables y empezamos con el periodismo en serio?

(Gracias JT por los links).

27/02/2008

La invasión

Por P Z

la invasión

I

Esta anécdota es de cuando Tinelli estaba a las doce, mucho antes de bailes en caños canjeables por sueños. Mucho antes de que hubiera segundos de fama, incluso mucho antes de las cámaras ocultas de Pablo y Pachu.

Una amiga, llamémosla M., me presentó a una tal V. Una “cita a ciegas”. Pasé a buscar a V. a las nueve y media, fuimos a comer, hablamos, la dejé en su casa a eso de las doce.

Al día siguiente M. me llamó para preguntarme cómo la había pasado. Le conté que cuando volvía en el bondi, pensaba “debería haberme quedado en casa viendo a Tinelli”.

Así, exactamente así, me sentí mientras leía La invasión de Piglia.

II

El mejor Ricardo Piglia no roza al peor Abelardo Castillo. Todos estamos acostumbrados a tirar esta clase de comparaciones. En general son inexactas e injustas. La escribo y ya me arrepiento. Primero porque el primer cuento, “El joyero”, es excelente. Segundo porque no alcanza con Castillo: los cuentos de relaciones de pareja, ya los leí antes –y mejor– con Graham Greene y Somerset Maugham.

III

La invasión es el primer libro de Piglia, publicado en 1967, reeditado recién 40 años más tarde. En el prólogo, Piglia afirma que es “un buen plazo para saber si un libro resiste el paso del tiempo”.

¿Cree él que este libro resiste? Parecería que sí, porque se anima al relanzamiento. Pero hace trampa: los cuentos originales fueron corregidos –”Tarde de amor” fue rescrito enteramente–, la edición está aumentada con 5 nuevos relatos.

Entonces, ¿cómo deberíamos considerarlo? ¿Como la agradable promesa de lo que vendrá o como la confirmación de lo que nunca llegó?

26/02/2008

(A) La sombra de Capote

Por P Z

José María Figueras


por José María Figueras
josemfigueras@gmail.com


Leí en el muy buen blog de Laura Ramos que condecoraron a Harper Lee.

Harper Lee. Me suena. Sí, claro, a todos los que pasaron por los datos más básicos de Truman Capote les suena ese nombre. Lamentablemente para ella me parece que va a ser más recordada por su pasado capoteano que por su muy buena novela Matar un ruiseñor. Creo que la primera vez que me crucé con Lee fue cuando leí A sangre fría de Truman Capote: ella es una de las dos personas a las que está dedicado el libro. “A Jack Dunphy y Harper Lee con afecto y gratitud” se lee apenas lo abrimos. Jack era la pareja de entonces de Capote y la otra, nuestra heroína Lee, mucho más que una secretaria en la preproducción de A sangre fría como a veces se la muestra.

La carrera de Harper Lee es increíble. Publicó sólo un libro, un muy buen libro, que originó un Pulitzer (1961) y tres premios Oscar para su versión cinematográfica. Nadie supo dar una razón convincente de por qué dejó de escribir, lo cierto es que tras este gran debut no hubo más Harper Lee. ¿Se quedó sin inspiración? ¿Se asustó de la fama? Son hipótesis.

Para quienes leímos la biografía de Truman Capote que escribió Gerald Clarke, Lee también es figurita repetida. Aparece en los inicios de la investigación de A sangre fría y después desaparece mágicamente. ¿Se peleó con su amigo Truman? Es una posibilidad muy insinuada en varias fuentes pero sin datos concluyentes por lo menos para mi gusto.

En esa biografía, Clarke dice que “Nelle Harper Lee es una amiga de la infancia que aceptó el ofrecimiento de Truman (de investigar el asesinato) de inmediato”. Una vez en Kansas, Nelle recuerda que para las personas del lugar Capote era “como un marciano que pronto se convirtió en objeto de mofa”. Según Clarke la ayuda de Nell resultó ser “la más valiosa durante aquellos difíciles primeros días (en Kansas)”, dado que Capote estuvo tentado de renunciar a la investigación por todos los obstáculos que encontraban y ella lo alentó para que siguieran adelante.

En Matar un ruiseñor Lee nos cuenta la historia de un hombre sin esposa con dos hijos a su cargo y una profesión riesgosa: ser abogado. En realidad la profesión en sí no tomaba ningún riesgo, éste aparece cuando él (Atticus Finch) decide defender a un negro en un juicio por supuesta violación a una chica blanca. Los hechos suceden en Alabama ciudad de la que, no por casualidad, es oriunda Harper Lee y en donde por esos años, 1935, la violación era castigada con la pena capital.

De más está decir que el solo hecho de que una chica blanca acuse a un negro era prueba más que suficiente para probar la culpabilidad de éste. Y así sucede: el hombre es acusado de violación aún cuando las pruebas son muy dudosas. Una vez que lo encarcelan, ocurren dos muertes que van a conmover la calma habitual del pueblo. Sorprende en parte el final políticamente incorrecto del libro aunque en el fondo todos festejemos lo que sucede.

En el libro por momentos se sobreactua la corrección cívica y política: hay personajes que son siempre perfectos, empezando por Atticus, por supuesto, y algunos que tienen chispazos de excelencia como en ese pasaje en que Jem le pide a Scout que no aplaste un pequeño insecto ya que “no te hace daño”. El propio Atticus tiene una frase que ilustra bien lo que digo: “Estafar a un hombre de color es diez veces peor que estafar a un blanco”. Bueno, Atticus tampoco exageremos. Una estafa es una estafa, a un blanco, un negro, un amarillo, pero bue…

Hablando de lo políticamente correcto no puedo obviar las menciones al nazismo y al mismo Hitler a quien señalan con su apellido en forma directa.

Quien cuenta la historia es Scout (¿alter ego de la propia Harper Lee?), hija de Atticus y hermana de Jem. También aparece un tercer protagonista-niño que se llama Dill y que según se dice sería ni más ni menos que la representación de…Truman Capote (recordemos que compartieron parte de la infancia).

En realidad también hay otro personaje importante, Boo Radley, de quien mucho se habla pero poco se muestra porque tomó la decisión de no salir de su casa y todo lo que pasaba allí dentro eran meras suposiciones de todos los que estaban afuera. El personaje de Boo en la película fue interpretado por Robert Duvall quien hizo su debut en el cine con ese papel. Pobre Robert su actuación no fue para el recuerdo: el personaje no habla en ningún momento y sus movimientos y gestos se reducen casi a respirar.

La película fue dirigida por Robert Mulligan en 1962 y protagonizada por Gregory Peck en el papel de Atticus Finch y Mary Badham como Scout.

En la película Infame, que reproduce en detalle la previa de A sangre fría, hay una parte en que Capote (Toby Jones) discute con Lee (Sandra Bullock) sobre la forma en que escribirían el libro y ella cierra el comentario diciendo “Ok, es tu libro”. Sí, responde él, mi séptimo. Por supuesto que no sé si ese dialogo existió pero no me cuesta imaginar a Capote refregándole en la cara a ella la cantidad de libros que había escrito. Sobre todo a ella que sólo tenía uno. Tampoco cuesta imaginar la envidia que le daría a Capote el Pulitzer que meses más tarde recibiría Lee por su Ruiseñor, un premio que Capote siempre deseó y nunca pudo obtener.

25/02/2008

Solarium

Por P Z
Snob: Persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc., de aquellos a quienes considera distinguidos.

solarium

I

El Campo de Deportes de la UBA, en Ciudad Universitaria, es un oasis. Alejado del smog y el calor del Centro, es una opción válida para continuar el verano. La gran estrella es la pileta: una piscina de longitudes olímpicas en la que, si ya intentar un ancho es difícil, un largo es impensable. Detrás de la pileta se extiende un solarium verde de pasto prolijamente cortado, cancha de voley y juegos para chicos.

De lunes a viernes, la colonia de vacaciones conquista la mitad del terreno; los fines de semana, pileta y solarium son posesión exclusiva de unos pocos socios, digamos 200.

El solarium, con o sin colonia, es un buen lugar para jugar al buraco, prenderse en un partidito de truco, hacer puntos con el profe que no te aprobó el último final, cruzarse con Américo Cristófalo, relajarse y leer.

II

La lectura en la playa, más o menos, es siempre la misma. Cambian autores y títulos, pero en esencia son los mismos libros. El último premio Clarín, la colección Grandes Novelistas de Emecé, algún bestseller chiquito que no ocupe mucho espacio en el bolso. Donde antes estaba Félix Luna, ahora está Felipe Pigna. El último lanzamiento del inoxidable Coelho (Paulo, no Oliverio) reemplaza al último plagio de Jorge Bucay.

La playa no es un lugar para Dostoievski o Kenzaburo Oé. Lo digo por experiencia. Aunque cueste admitirlo, uno necesita lecturas livianas.

En Plataforma, Houellebecq se ensaña con John Grisham: Michel, el protagonista, termina haciendo un huequito en la arena para enterrar una de esas novelas estúpidas sobre abogados que venden millones, ya desde el vamos pensada para que la actúe Tom Cruise. (Cuántos de esos libros que compramos para el verano no deberían volver a la ciudad).

III

En el solarium, la lectura también es más o menos la misma. Me sorprende volver tantos años después y encontrar a los mismos personajes. Cambian las caras, cambian los apellidos, pero en esencia la gente es la misma. Psicólogas con tinte pelirrojos y grandes anteojos redondeados. Canosos de barba con el pelo casi hasta la cintura. Chicos universitarios de pelito corto y anteojitos cuadrados.

Abundan los mamotretos de tapa dura, la palabra “introducción” obligatoria en el título. Portadas con fotos de pueblos originarios o ilustraciones con la doble hélice del ADN. Cada lector parece estar muy compenetrado, apenas se percibe una ligera desconcentración cuando llegan los gritos de la tribuna de River festejando el primer gol de Falcao.

No hay mucho lugar para novelas. Alguien deja sobre una mesa, como olvidado, un libro de Nabokov. El resto oculta sistemáticamente las lecturas. El ambiente aparentemente es de una cálida concentración, pero se siente una fría corriente subterránea en la que todos espían qué está leyendo el de al lado.

Nos vamos cuando el sol comienza a perder fuerza. Cerca de la salida, de un bolso abierto asoma un ejemplar de la colección de La Nación de Wilbur Smith: ese incauto debe haber llegado recientemente de la playa.

25/02/2008

Respecto de “Ni un pelo”

Por P Z

Desconfianza Absoluta


Estuve leyendo el post y luego los comentarios. Aunque en muchas, coincido con lo comentado, aunque me parece que quedan cosas por decir.

Tengo un problema con la palabra contemporánea dentro de la frase de Molina. No sé si se refiere exactamente a la literatura de nuestra época; a toda la literatura -donde nos guste o no, JKR tiene lugar y parece mover los pelos de mucha, mucha gente- o de la literatura contemporánea nacional. Si hablamos de la literatura argentina, ciertamente, no le mueve el pelo a mucha gente, desde hace muchos años. Más de diez, de veinte, de treinta. Sólo por nombrar a dos o tres, muy pocos conocen los cuentos de Bernardo Kordon, pasaron muchos años para que se valorara la obra de Antonio Di Benedetto o de Sara Gallardo. Como ven, no estoy nombrando a ningún escritor argentino vivo en estos días. Nadie se acuerda de recomendar leer a Marco Denevi o a Wilcock, simplemente porque a Marco Denevi, el que lo conoce, lo conoce porque recuerda la película Rosaura a las diez y a Wilcock porque fue a la facultad o a algún taller, en donde hablaron de Marcel Schwob, después de nombrar a Borges.

Quiero decir, hace muchos años que la literatura argentina no le importa más que a los que tienen algún interés personal (y casi deportivo, me animaría a arriesgar) en ella. Y por supuesto, esto es sólo un síntoma. Un síntoma de la decadencia cultural en la que fue cayendo la “Europa Latinoamericana”. No es azaroso que recién en el 2001, los argentinos nos diéramos cuenta que éramos más parecidos a los peruanos o a los paraguayos que a los franceses -y hablemos solamente de la que se erige como la conciencia social del país y que, paradójicamente, ahora cambio su nombre a CABA- o en el peor de los casos (quiénes leyeron un poco, lo saben) a la prima pobre de Europa: España. Disculpen que me aleje un tanto del tema, pero me parece que hay que señalarlo.

Tampoco podemos olvidar que hubo muchos momentos políticos, al menos en los últimos sesenta años, en dónde no sólo hubo libros y escritores prohibidos, sino que nunca se estableció un programa efectivo para que la gente se pusiera a leer (convengamos también que no son tantos, en un país como este, los que saben leer y escribir. En realidad, somos muchos menos de los que nos arriesgamos a imaginar) o aunque sea, para que aprendiera a hacerlo. Adjuntemos el hecho de que la escuela ayudó cada vez menos, con sus planes de estudio. Que alguien me corrija si me equivoco, pero creo que no son muchas las escuelas, de las que antes se llamaban “educación media”, que exijan que sus alumnos lean un libro completo por año. Por año, digo. No por mes. Y acá, no me voy a poner a decir que la culpa es de los docentes, que no quieren laburar porque ganan poco, porque… mi madre fue docente toda su vida, tiene sesenta y cuatro años, y siempre ganó poco como docente, lo que no le impidió, cada vez que tuvo los tres últimos grados de la vieja escuela primaria, armar una biblioteca en el aula y destinar una hora semanal a la lectura de un libro elegido por cada uno de sus alumnos. Pero claro, los tiempos cambiaron. Cuando yo me recibí de docente, la mayoría de mis compañeras se hacían maestras porque era una salida laboral rápida. No sabían cómo usar los signos de puntuación y escribían con faltas de ortografía pero en dos o tres años, tenían un título que las habilitaba para conseguir trabajo (aunque se recibieran de cuida chicos y no de docentes).

Dentro de este panorama, salvo que uno se vuelva avestruz y meta la cabeza dentro de un agujero en la tierra, es notable que todavía haya gente que lea.

La producción editorial no se detuvo en los últimos sesenta años y recién, un poco antes del menemato -diez años son muchos años; más de diez años, afectaron a más de una generación de potenciales “lectores”-, empezó a comportarse de la misma forma que la industria de bienes de consumo. No digo que antes fueran santos. Todos los que tienen un negocio quieren ganar dinero con él pero, a lo mejor, había otro concepto del negocio editorial. A lo mejor, se creía que era necesario que la gente leyera. ¿A alguno de ustedes, sinceramente, le parece que, en un país que tiene cada vez más gente viviendo en la calle, sin comer, sin un programa de salud que los atienda, con una justica lenta y una policía corrupta, es importante leer? Sí, cualquiera de ustedes va a decir que sí. Yo también digo que sí. Yo también voy repitiendo que cada vez que lees, cada vez que escuchás un disco nuevo, cuando ves una película que te rompe la cabeza o descubrís un pintor que más o menos tiene tu edad y te quedás mirando sus cuadros, es más difícil que te engañen y te lleven por delante. ¿Pero cómo puedo decir esto alguien que tiene que arrastrar un carro, después de meter la mano en la basura, todas las noches, junto a toda su familia?

Quizás suene panfletario y hasta un poco hincha pelotas de mi parte pero… a quién le puede mover un pelo la literatura cuando la vida es una catástrofe. Y disculpen que lo diga, no es un caso arquetipico el que estoy relatando, son miles. Quizás millones.

Sin embargo, no es sólo esto lo que aleja a la gente de la literatura. Porque todavía hay mucha gente, como yo, como ustedes, que puede darse el lujo de ir al cine, comprar música o libros y sin embargo, prefiere ver la tele o jugar al fulbo –cosa que no es criticable porque cada cual satisface su placer como mejor le viene- y que cuando uno les habla de libros dicen algo así como “Ahí salió el/la nerdo/a, otra vez con el librito” y acá, también hay algo para notar: la literatura argentina se alejó de la gente. Se hizo una cofradía o varias, sería mejor decir, en dónde la cuestión es pegar primero porque el que pega primero, pega dos veces. Ya sabemos que es imposible que la gente se ponga a hablar de literatura sin discutir y que la discusión no termine como una gresca entre hooligans. Eso, estimados, también va en detrimento de la literatura. Porque, sin pecar de ingenua, podemos estar en desacuerdo pero eso no nos hace enemigos. Cuando algo nos hace enemigos, efectivamente, hay otra cuestión de fondo. Y en general, esas cuestiones son personales. Y cuando un alguien educado, formado, con trabajo y necesidades básicas satisfechas, huele algún tufillo personal en los asuntos de la cultura, deja de prestarle atención. Más allá de esto, cuando los que escriben empiezan a tirarse de los pelos, los que leen, dejan de leerlos y se vuelven a los cuatro o cinco próceres literarios argentinos.

Como en alguna otra época pasó con el cine nacional, hay quién dice que no lee literatura nacional porque no se la banca. Que prefiere leer una traducción, literatura de afuera, los apuntes de la facultad, la fotocopia de un cuento de Mauppassant que le pasó el compañero de trabajo que estaba haciendo las copias para el chiquito que va al colegio. Nada ayuda, pareciera. Nada ni nadie. Y quedamos siempre los mismos hablando del asunto.

A todo esto, hay que sumarle la poca información objetiva que dan los medios. Los grandes medios que lo único que hacen es manipular la poca opinión pública que les cree –y que en buena parte, no tiene otro tipo de lectura- para su propio beneficio. Y creanme que sé de qué hablo. Trabajo en uno de los grandes medios que hace esto.

A mí no me sorprende que la literatura no le mueva un pelo a nadie, la verdad. Y, aunque no me guste Harry Potter, me da un poco de esperanza que esperen los libros con tantas ganas. Porque de un libro se salta a otro y de ese a otro más. La lectura es una adicción. Y es la única adicción que te lleva a una sustancia mejor y no te destruye las neuronas, al contrario, las activa (aunque aquí deberíamos ponernos a ver si en realidad, a todos los que llegan reventados de trabajar a las diez de la noche, después de que el subte o el tren los dejó a pata, luego de hacer las doce mil quinientas cuentas para ver cómo hacen para llegar con la plata, le dan ganas de ponerse a leer un libro y a pensar).

A mí me sorprende que, con este panorama, todavía haya quienes lean y que haya tantos que escriben; seamos mil, diez mil o un millón. Un millón en treinta tres millones, no es nada pero es algo.

Y me sorprende, cada vez más frecuentemente, que uno de mis amigos se acerque y me diga: Che, V, recomendame un libro, y yo piense que está bueno que pase, aunque me tenga que romper la cabeza eligiendo el libro que no lo va a aburrir y que lo va a hacer querer seguir leyendo.

Eso me sorprende. Me sorprende y me alegra un poco.

22/02/2008

Sprezzatura

Por P Z

Matías Fernández


por Matías Fernández
matiasfernandez.hda@gmail.com


Garcilaso de la Vega fue un poeta renacentista español nacido en el 1500, célebre por sus églogas y sonetos. También fue cortesano de Carlos V, quien supo ser el rey más poderoso de España, el Imperio donde nunca se ponía el sol ya que contenía a la recientemente descubierta América, obviamente España, los Países bajos, buena parte de Italia (que incluía Nápoles) y los territorios del extremo oriente. Todo esto para decir que Garcilaso vivió en el momento durante el cual España era el imperio más poderoso del mundo.

Italia, mientras tanto, era una suma de pequeños estados independientes que si bien no tenía ningún peso político era un referente cultural para España de la misma manera que Grecia lo fue para Roma en la época clásica. Así, la literatura italiana, específicamente sus metros estaban presentes en la península incluso desde antes del nacimiento de Garcilaso.

En el año 1532, por un inconveniente con el Emperador fue desterrado a una isla del Danubio pero un año después se le conmuta la pena por un destierro en Nápoles, en la corte del virrey don Pedro de Toledo.

En el año 1528 se imprimió por primera vez Il cortegiano del conde Baltasar Castiglione, aunque ya circulaban copias manuscritas. (Para quienes se quejan de las fotocopias). Seis años después, por pedido de Garcilaso, su amigo Boscán tradujo el libro al español. Según el crítico Ignacio Navarrete, Boscan y Garcilaso tradujeron este libro con el fin de apoyar las transformaciones genéricas que se estaban efectuando en la poesía española.

El libro de Castiglione no se preocupa tanto por la dura teoría poética, aunque se enfrenta al petrarquismo, defendiendo el uso de un idioma más contemporáneo y cosmopolita. Esto no es lo que más me interesaba contar en esta columna pero el libro sí plantea una polémica entre dos bandos enfrentados por el uso de un lenguaje moderno y homogéneo y otro por el uso de palabras específicas y cultismos.

Lo que si me interesaba rescatar es un concepto que se desprende de Il cortegiano, la sprezzatura una forma de vida que viene a conjugar dos esferas hasta ese momento separadas de forma tajante, como arte y vida: el nuevo carácter de la poesía.

Traducida por Boscán como descuido, no solo funcionaba como un principio estético sino universal, podía aplicarse a todas las acciones humanas en las que se debía proceder con un cierto desprecio o descuido, con el cual se encubría el arte y se mostraba que lo que se hacía y decía, venía hecho sin fatiga y casi sin pensar.

Boscan y Garcilaso extraen algunas reglas de Il cortegiano:

En primer lugar Castiglione valora la práctica del arte por la nobleza e insiste en que el cortesano ideal debe también hacerlo. En segundo lugar, afirmar que la poesía no solo es una actividad aristocrática sino exclusivamente aristocrática, de la que quedan excluidos aquellos que no gozan de la cortesana sprezzatura, aquellos que tienen que aprender las reglas. Y por último, la naturaleza de la poesía se transforma de modo que pueda distinguir apropiadamente al cortesano del no cortesano.

Cualquier similitud con cualquier otra vanguardia, es pura coincidencia.

Fuentes:

  • “Los huerfanos de Petrarca”. Poesía y teoría en la España renacentista
    de Ignacio Navarrete
  • “La poesía de Garcilaso de la Vega”, de Celina Sabor de Cortázar

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