Es difícil hablar de Reírse es kosher porque es un libro que se excluye por principio de una consideración estética. No por su fealdad (lo feo es parte del juego) sino por su completa despreocupación por cuestiones como la forma, el estilo, la eficacia o la originalidad. Desde el vamos, tanto el libro como la página web que le dio origen se ofrecen como un producto con un objetivo y un público definidos de antemano, con un sentido que nunca es una sopresa, porque siempre es previo al hacer. El hacer es el problema: las resistencias de la materia.
La materia
La historieta es un lenguaje cuyo elemento dominante es visual. Esto no quiere decir que el componente textual no interese, y mucho menos quiere decir que las mejores historietas sean silenciosas: muchos grandes humoristas (pienso con los dedos en Fontanarrosa, en Copi, en Ernan Cirianni, en Peter Bagge) son maestros de la escritura, y han realizado sus historietas en base a efectos verbales. Pero todo texto, en una historieta, funciona a partir de ritmos, distribuciones en el espacio y relaciones con lo gráfico que exceden lo lingüístico.
Mi problema con estas tiras no es el dibujo en sí, y menos aún el dibujo vectorial, una herramienta tan difícil de manejar como un lápiz. Mi problema tiene que ver con lo que percibo como un descuido deliberado, un desinterés. El dibujo de Reírse es kosher es heredero (como esa cosa que pasan en MTV: “Alejo y Valentina”) de la deliberada limitación de recursos de productos como South Park. Creo que la comparación es ilustrativa: no todas las rupturas con la tradición del saber hacer plástico tienen el mismo valor. Como dijo un amigo dibujante de cuyo nombre no debo acordarme, la empresa Ferrum ha colocado mingitorios en los baños de muchos museos, pero la empresa Ferrum no es Marcel Duchamp.
El problema no es la gracia de los chistes. Algunos son más graciosos, otros menos, pero eso es ley del género “tira”. El problema es que la pobreza gráfica (y más aún, la pobreza “historietística”, si entendemos a la historieta como un lenguaje en sentido global) hace que en los chistes no haya nada más que el chiste. En las tiras de Pablo Tajer y Daniel Sacroisky lo gráfico es un trámite, un expediente necesario para obtener el pasaje de la idea (siempre previa a su realización, jamás afectada por su realización) a la tira. La materialidad de la tira no dispara lecturas, no invita a la relectura, no le hace decir a cada chiste más que lo que dice, fatalidad de lo pobre.
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