Siete maravillas

Por PZ.

Ivan Moiseff y Esteban Castromán me invitaron a participar en el programa Zona Futuro de la Feria del Libro en donde, a través de una “microconferencia” caprichosa de 12 minutos, presentar una lista de siete cosas fascinantes. Este es el texto que leí.

Con sólo siete maravillas —o lo que yo entiendo por maravilla: un cambio en el relato del mundo— voy a hacer una propuesta necesariamente incompleta:

La forma de acceder al mundo desde el rectangulito de 560pixels por 315 de YouTube es, sencillamente, maravillosa. YouTube cambió la manera de pensar la comunicación, la información, el acervo documental. En un programa de VH1 (uno se da cuenta de que está grande porque preferiere VH1 a MTv) Bono explicaba que en los últimos tiempos la banda pensaba los videoclips para ser vistos en YouTube: creo que esa es la mejor definición del cambio que produjo esta plataforma. Ayer encontré el recital que Queen dio en Argentina en 1981. Mi hijo me sorprendió cantando “We will rock you”. Después me dijo que la sabe por una publicidad que ve en Discovery Kids, pero quién me saca la alegría de haber compartido ese recital con él.

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Qué es la literatura si no la narración del mundo. El libro parece ser un objeto imperfectible. Hay una serie de elementos sociales, sensoriales, afectivos que se ponen en juego en el libro. Pero la maravilla que viene a cambiar el relato es el ebook. Todavía en etapa de desarrollo, todavía objeto perfectible, el ebook es subversivo: reordena la escala de valores. La lectura en ebooks es aún más íntima. Nadie sale de casa con el Ulises bajo el brazo sin pensar en la admiración que provocará en amigos y desconocidos. Así como nadie lleva uno de Coelho o Claudio María Domínguez o —por qué no— un softporn para señoras, sin una cuota de vergüenza. En el ebook no hay acercamiento paratextual posible desde el afuera: no hay portada, no hay cantidad de páginas, no hay prestigio. Además, es un dispositivo electrónico de 7,5 pulgadas de alto, capaz de contener una biblioteca completa. Mi biblioteca, por lo menos. Mi casa es chica, la biblioteca está saturada, cada libro que entra desplaza a otro. Tener una biblioteca en la palma de la mano provoca nuevas relaciones de proximidad: se puede suspender la lectura, buscar una cita en otro libro y luego regresar al primero. Hay una lectura más acorde con los tiempos de internet. Bienvenido el ebook. Algo más: el otro día, antes de la presentación de Días de infancia, le dieron a José Pablo Feinmann el “libro de plata” por haber vendido 50 mil ejemplares de El flaco. La semana pasada, Mondadori puso a disposición libre la versión digital de La gran manzana de Leandro Zanoni: llegó a las 20 mil descargas.

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No veo series, no me engancho. La semana pasada una amiga me recomendó Mad Men como la gran novela norteamericana. Me sorprendió que Federico Kukso utilizara la misma metáfora en la Ñ del sábado. Quise mirarla, fui a Cuevana y ya no estaba. Me voy a quedar con las ganas, parece. Las series son las novelas en folletines del siglo XIX. Para quienes, como yo, creen que el progreso no existe o, si existe, se da en forma de espiral piagetiana, hemos vuelto a la literatura decimonónica. Las novelas son cada vez más cortas, pero las series tienen un tiempo mayor que la lectura. Yo, sin embargo, voy a destacar como la gran maravilla nacida en la televisión a Los Simpson. Nadie que se diga erudito puede permitirse no conocer a Homero, Marge, Bart, Lisa y Maggie. Me gustaría hacer el experimento y pedirle a Tomás Abraham, por ejemplo, que escriba un ensayito luego de ver 20 o 30 capítulos. La verdadera medida de la modernidad está en esos dibujitos. Quien no los entienda, evidentemente, ha perdido el tren, no se ha dado cuenta de cómo cambiaron el relato del mundo. El video que muestro es la presentación de Los Simpson intervenida por Banksy, otro gran artista que ha cambiado la forma de pensar el arte.

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No me gusta la música country. No tiene nada que ver conmigo, no me gusta, no me representa. Sin embargo, durante tres meses tuve en el estéreo del auto Sky blue sky de Wilco. Ahora tengo un disco de Radiohead, supongo que lo puse para desintoxicarme; podría haber tenido a Wilco un tiempo más. Wilco abreva en el country, pero lo reforma llevando al extremo la propuesta de Bob Dylan. No sólo hay guitarras eléctricas: hay distorsión, hay samplers. Y hay mucho rock, loco: mucho rock.

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De todos los súper héroes de la historia —desde Hércules hasta el Capitán América, pasando por San Martín y Belgrano, héroes de mi infancia, y Gabriel Batistuta, héroe de mi adolescencia— mi favorito, por lejos, es el Hombre Araña. Es el que más me representa: medio nabo, nerd, enamoradizo. No tiene nada de súper. El héroe clásico es un inmortal, intocable. El Hombre Araña es un fracasado que intenta ser un héroe. Leonardo Oyola, el autor de Kryptonita, me hizo notar la potencia de la escena del tren de Spiderman II, cuando pelea contra el Dr Octopus. La gente descubre que es un chico, él se da cuenta que no tiene la máscara y un nene se la alcanza y le dice que no se lo va a contar a nadie. Imaginate estar en la piel de ese nene: tenés 10 años, sabés quién es el Hombre Araña, pero el sentido de solidaridad es tan fuerte que no se lo vas a contar a nadie, ni a tu mejor amigo, ni a la nena de la escuela que te gusta. Y cuando aparece Octopus, la gente, aún sabiendo que el monstruo los va a demoler, se interpone para proteger al héroe. La cara del primer gordo cuando traga saliva es para salir corriendo a abrazarlo. Eso es un héroe.

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El gran relato de mi vida cambió tres veces. El 23 de mayo de 1998, nació Agustina. El 16 de septiembre de 2004 me casé con Mariana, de quien me enamoré desde el segundo día que la vi y hoy es mi faro personal. El 23 de abril de 2006 nació Emiliano. Emiliano es un artista en potencia. Ha escrito un relato (una novela gráfica, en realidad) que se llama “Dos monos en problemas”. Desafío a cualquiera en esta sala a pensar un título tan genial como ese. El matrimonio es compartir las miserias cotidiana del otro. Mi mujer me acompaña. Nos acompañamos. Me anima a hacer cambios que de otra forma no haría, como cuando dejé un trabajo seguro en la jaula de pájaros del Estado Nacional y pasé al ámbito privado que me dejaba volar. Agustina tiene casi 14 años. Ella me lleva a los recitales de Selena Gomez y yo a ver a Roger Waters. En el concierto de The wall, cuando comenzó “Comfortably numb”, me largué a llorar sin parar. Mi hija, que tiene 23 años menos que yo, me abrazó y me consoló. Si eso no es un cambio de relato, no sé qué podría serlo.

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Dice la RAE que una maravilla es un “Suceso o cosa extraordinarios que causan admiración”. Dejo abierta la séptima puerta al futuro. Siempre me causa gracia cómo nos imaginamos el futuro. Se hace evidente en las películas, cuando entre la primera y la segunda parte hay un cambio de paradigma tecnológico y lo que en Terminator I era una invención genial, en Terminator II ya es parte del pasado y el futuro es otro. Quiero dejarme sorprender por ese futuro que está por venir. Quiero vivir ese nuevo relato.

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4 Responses to “Siete maravillas”

  1. Pablo Toledo Says:

    CLAP CLAP CLAP muy especialmente con la parte de tus hijos. Y mirá Mad Men, no te pierdas la gran novela americana (sobre todo ahora que cancelaron el proyecto para hacer una miniserie sobre The Corrections de Franzen…): no la vas a encontrar fácil online, pero está en torrent/emule en todos lados (por caso, http://www.tvu.org).

  2. Iván Says:

    Una gran presentación la de Patricio. Sólida, precisa e inspiradora. Un placer haber estado. Cuando tengamos el video editado, lo subimos. Abzzz

  3. admin Says:

    Gracias, Pablo e Ivan, por sus palabras.
    Para equilibrar, acá hay uno que dice que caí en todos los lugares comunes posibles: https://twitter.com/#!/esadier/status/197664133347422208

  4. Alexis Brucel-Cómo perder peso en forma segura Says:

    Los Simpson no son una verdadera medida de la modernidad sino una forma muy divertida de mostrar una sociedad enferma que quiere seguir enferma.

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