Federico
“El asunto con la libertad es ese: un día empieza y no para”. Cuento incluido en El sistema del silencio (Ed. 17Grises).
Por Valeria Tentoni.

No sé qué hiciste vos con eso. Yo hice bolitas con el pan que estaba dentro del pan, la miga; lo que mamá dejaba al lado del plato, la parte más rica. Toda una declaración de principios, eso de renunciar a lo gustoso. Ubicar la pieza repelente justo al costado de la comida, como una nube grumosa. Una tentación todo el tiempo ahí. Aguantarse. Eso. Sostener el esfuerzo.
Alguien me contó una vez que te vio, que dijiste que habías empezado a estudiar de nuevo. Por mi parte, no puedo ni siquiera imaginar cómo quedó el que eras después de todo este tiempo, Federico. Te habían cortado el pelo así, parecía que llevabas una pelela invertida por bonete. Corte taza; estaba de moda. No eras el único. A mí me hacían corte carré en una peluquería que quedaba en la Galería Sancor. Al fondo de la galería había un gran cantero, siempre seco. Pero algunas plantas soportaban. Sostenían el esfuerzo.
Atrás de un manojo de gardenias que se agitaban con el viento, pañuelitos blancos hechos un bollo, había empotrada una compuerta de hierro falsa. Tres compuertas de hierro, mejor: dos de ellas eran falsas. Si se forzaba el picaporte, destrabando el lingote pesado que cruzaba la puertita, se encontraba una pared de cemento. Qué tristeza me daba. Pero había una tercera que sí, tenía un fondo, un cubo de vacío dentro de la pared. Me gustaba guardar cosas ahí. Pensaba que quizás alguien podía encontrarlas. Escribía cartas y las sellaba en sobres con crayones ablandados por fuego. Y cuando volvía a la galería, después que me emparejasen el flequillo –odiaba el flequillo, un mantel que sobraba–, con la boca llena de caramelos de limón, corría al cantero, a probar las puertas. Nunca me acordaba bien cuál era la que se abría. Pero no había nada ahí. Eso me hacía pensar que alguien se llevaba mis cartas o que las cosas podían desaparecer, que era una puerta hacia otra dimensión.
La mentira se ensaya con uno mismo.
Después volvíamos a casa. Yo tenía una bicicleta rosa chicle, con rueditas. El día que aprendí a andar sin su ayuda, me empujaba el abuelo de una amiga mientras rodaba en círculos alrededor del eje de la Plaza Rivadavia. Tuve miedo, muchísimo, porque no sabía parar.
El asunto con la libertad es ese: un día empieza y no para.
Otra de mis amigas tenía el mismo problema, Constanza. Ella lo resolvía tirando la bicicleta a un costado. Literalmente saltaba y caía al piso. Las ruedas quedaban girando todavía un rato, con el resto de libertad que Constanza no había usado.
Cuando entré al colegio sólo conocía a mi prima. Me acuerdo que el primer día de clases me dejaron sentarme con ella, en la misma silla. Alejarme hubiese sido para mí un espanto. Venía de un colegio de monjas, todas nenas. Ahora había alrededor mío una manada de chicos que estaban vestidos de azul, de verde inglés, de amarillo. Tenían cartucheras de los Power Rangers, de las Tortugas Ninjas, de los Thundercats. Sus carpetas estaban cruzadas por jugadores de fútbol detenidos por el fotógrafo en el instante perfecto de la gloria. A mí me gustaban las cartucheras de dos pisos, y los lápices que tenían una punta de cada color. Multiplicar, eso. Además, cuando nos tomaban pruebas, las cartucheras de dos pisos funcionaban como mampara: las ubicábamos en el medio del banco para evitar que el compañerito se copie. Como dejar el bollo de miga de pan arriba del banco.
Una vez te sentaron conmigo, o me sentaron con vos. Yo escribía tu nombre con los mismos crayones con que sellaba las cartas. Tenías un par de ojos color avellana imposibles, y te reías. Mucho, te reías. Tu mejor amigo se llamaba Cristian. Yo nunca pude decidir quién era mi mejor amiga. Envidiaba un poco que los demás supiesen elegir así, tan claro, a quién querían más. Además eso de elegir mejor amigo, era siempre recíproco: si yo elegía como mejor amiga a alguna nena que no dijese, a su vez, que yo era su mejor amiga, iba a ser terrible. Entonces tuve miedo y nunca me hice de una mejor amiga.
Tu papá tenía el negocio en frente de casa, ¿te acordás? Vendían filtros para motores, creo. Atrás del mostrador había unos anaqueles cargados de chapas y metales brillantes, agujereados, como coladores. Cables, la barba blanca del socio de tu viejo, perfecta y recortada todos los días ese día. Venías a mi casa a tomar la leche. Mi hermano molestaba, te contaba que cuando había truenos me iba a la cama de mis papás a dormir. Ahora pienso, qué estúpida, no vas a acordarte de esto vos también. Ni de nada, de aquello. Alguien me dijo que volviste a estudiar.
Pero cuando te fuiste del colegio ya no eras mi noviecito, eras otro, uno que se había cortado el pelo y fumaba porro en la esquina. Te echaron, te habías robado uno de los grabadores de la biblioteca. Yo nunca pude robar nada, ¿sabés?, nunca. No me sale, no es para mí. Nunca me pude copiar, tampoco. Una vez casi, pero ni. Me da culpa, pensar en esto me da culpa un poco también, pensar que me asustabas, algo. O pensar que me da culpa pensar.
No sé qué hiciste con esas cosas que nos decíamos, pero yo me acuerdo perfecto. Estábamos aprendiendo qué quería decir cojer, puta, concha, pija. Así. Cristian y vos jugaban a las palabras con sexo. Las hacían rimar solamente para decirlas, en el recreo.
Las nenas, nosotras –las Otras– jugábamos a intercambiar hojas de carta. Papeles perfumados para nunca escribirlos, con estrellas marinas, caballos, flores, moños. Cualquier imagen que nos acercase al cliché. Ser nena, en ese momento, equivalía a mantener en una carpeta A4 una pila de hojas con renglones y sus sobres respectivos, sin nada para decir. Puro remitente, a nadie. Masa en espera: la levadura antes de tomar contacto con el calor y crecerse. Sobre las carpetas pegábamos stickers. Yo tenía uno que decía Salvemos al planeta, sobre un mundo verde y azul.
Entonces nosotras resistíamos la niñez entre moños y rosedales mientras ustedes corrían, desenfrenados, como bólidos, hacia las palabras que devenían invocaciones.
Tenía un vaso astrolabio, que me había dado mi mamá el primer día de clases: se abría de a partes, y se podía achicar hasta hacerse chatito. Círculos de plástico de mayor a menor, para cargar agua del bebedero. (No tomar del pico ni apoyar la cola en el inodoro). La higiene como un cinturón de castidad.
Yo no sabía qué quería decir cojer, esa palabra que rebotaba en tus dientes todos los recreos. Me hablabas en jeroglífico.
Una vez, mirando televisión –sospecho que era domingo, o sábado, porque estábamos tranquilamente en casa– escuché a Sergio Denis cantar una canción que hablaba de “la magia de hacer el amor, cuando se ama”. Me pareció maravilloso: hacer el amor. Un verbo que en el colegio no me habían enseñado. Hacer-el-amor. Crear el amor. Fabricar el amor. Hacerlo. El cuadro para mí era: alguien sobre un arco iris, espolvoreando el espacio con estrellas blancas.
¿Las palabras pican, sabés? Pican, como la alfombra.
Mi papá no creía que vos fueses mi novio. Venía y te miraba, le resultabas inofensivo. Éramos muy chicos para cualquier cosa. Apenas nos dábamos la mano. Una vez sola, en realidad, nos dimos la mano.
Estábamos sentados en el banco, en el aula, en el mundo astrolabio que se abría y se cerraba, entre los lápices. Yo tenía la mano apoyada en el barrote que dividía tu territorio del pupitre, del mío. Vos apoyaste, apenas, media mano sobre la mía. Estuvimos así unos minutos. Tocándonos sin movernos; toda la potencia del universo fermentando en ese tacto. Los arco iris y las estrellas y Sergio Denis cantando en el televisor.
Después alguno sacó la mano, vino la vergüenza. Decías muy fuerte la palabra cojer pero me tenías miedo lo mismo. Yo seguí coleccionando estampillas y hojas de carta, mirando dibujitos animados.
No creo que te acuerdes de todo esto, porque pasó hace mucho tiempo. Pero yo sí me acuerdo, y me gusta acordarme. Me gusta pensar en esa escalera de mármol por la que se va subiendo con los años: primero la palabra, el recreo. Un día, la desnudez. El sexo. Cosas que parecían tan arco iris, tan livianitas. Cosas que resultan, después, concretas y macizas: el cuerpo como una lente por la que se mira al otro. El rojo soldador y su llama como una lengua que hace vacío.
Pero no fue con vos, ni siquiera mi primer beso fue con vos. Con vos apenas esa vez que nos dimos la mano, y ni tanto.
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