13/11/2009

Prosas profanas, versos sencillos

Por Federico Reggiani

En algún momento, calculo que a mediados del siglo XX, comenzó a perderse el oficio o la técnica de la versificación regular. No es que nadie pueda hoy hacer versos con rima y métrica regular, pero sí es cierto que los escritores y, sobre todo, las industrias culturales, perdieron el ojo para juzgarlos. Basta ver qué ocurre cuando se edita algún libro de rimas -generalmente infantil- o cuando en la televisión algún humorista pretende mimar a un payador o a una recitadora. Para no salir demasiado del ámbito de la historieta, puedo recordar la cantidad de sílabas sobrantes y faltantes y la chambona acentuación -por no hablar de las rimas triviales- en la página que Pablo de Santis escribió para Max Cachimba en la Fierro de Octubre, o en la por otra parte bella historieta “Abajópolis” que Liniers incluyó en Macanudo 6.

No pretendo incursionar en la rancia discusión entre poesía clásica y verso libre, ni deplorar un hecho que originó a buena parte de mis poetas preferidos, que no son precisamente epígonos escolares de Darío. (Aunque Dario es, digámoslo, extraordinario). Sólo noto que había una técnica más o menos generalizada y que esa técnica parece haberse hecho mucho más rara.

Aún muchas historietas mudas, incluso, son verbales, en la medida en que su contenido puede parafrasearse con entera facilidad en un par de frases: cualquiera que intente “contar” un chiste de Sempé se hunde en el ridículo. Cuando la precariedad de medios técnicos es evidente, lo verbal se vuelve dominio absoluto.

¿Qué tiene que ver esto con la historieta?

La semana pasada tuve el gusto de ser anfitrión de un debate muy interesante, y por momentos un tanto crispado, sobre el estatuto del “chiste” en las formas breves de la historieta contemporánea argentina. El propio debate me impide usar el término “humor gráfico” si lo que postulo es que la presencia del chiste dejó de ser condición necesaria para constituir una de esas formas breves.

La situación actual da cuenta de varios fenómenos interesantes. Por un lado, la presencia de “chistes sin chiste” parece ligarse a un creciente uso de modos de producción cercanos a la institución arte, lo que implica polémicas sobre el valor de esa institución y sobre los modos humillados en que la historieta la espía.

Hay además un cambio muy fuerte en el modo en que una tira construye su núcleo de lectores. Me robo la idea de una conversación con un amigo: los contenidos cada vez más prescinden de los contenedores y el lector del diario, el que lo compra en el kiosco, es el lector minoritario de la tira, el que muy probablemente ni la lee o la detesta, y las tiras van creciendo solas y de manera lateral al medio, granjeando más popularidad en Internet que en la prensa. Y esos lectores que buscan especialmente a un autor y a veces ni saben en qué medio publica, establecen relaciones de complicidad que permiten abandonar la necesidad de un efecto directo en cada entrega.

De todo el debate, me interesa volver sobre un punto, que tiene que ver con el oficio. Porque el humor gráfico clásico podría ser una de esas técnicas que desaparecen porque la industria cultural y los lectores pierden el ojo para percibirlas.

Insisto: no me lamento por los tiempos idos (aunque la pérdida de algunas técnicas sea una perdida cultural a lamentar), y las novedades permiten hacer historietas que antes nunca se pensaron. Sin embargo basta hojear una Tía Vicenta o una Rico Tipo o incluso una Humo(r) de las primeras (o consultar blogs como el de Diego Parés o el de DAO) para notar algunas técnicas que eran usuales aún en humoristas “del montón” y que hoy son muy raras. Pienso sobre todo en la capacidad de construir conceptos en que predomine lo visual, en que el texto y la imagen establezcan conexiones y relevos. Buena parte del humor gráfico es hoy sobre todo verbal. Aún muchas historietas mudas, incluso, son verbales, en la medida en que su contenido puede parafrasearse con entera facilidad en un par de frases: cualquiera que intente “contar” un chiste de Sempé se hunde en el ridículo. Cuando la precariedad de medios técnicos es evidente, lo verbal se vuelve dominio absoluto.

Reviso Macanudo, de Liniers, por ejemplo: lo más débil de cada libro es la zona más aforística, por suerte muy minoritaria. Porque en sus mejores momentos lo que hay es una clara conciencia de que la tira es un campo de juegos y que es, además, un campo cruzado por la historia del medio: desde Herriman a los personajes unidimensionales de Divito, aparece una lectura atenta y muy informada de esa historia. Quizás la pelea entre Marcelo y Berliac en los comentarios, en relación con Kioskerman, sea porque la limitación de recursos en Eden, deliberada o no, es leída con un signo distinto por ambos.

No hay “solución” o “razón” en el debate: me releo y veo que no puedo pasar de una instancia descriptiva. Debo a unos días en que se me acumularon gozosas parrilladas el no haber podido construir una batería de ejemplos o sostener mis argumentos con imágenes. A efectos de compensar a los estimados lectores por tanto balbucear, me comprometo a responder todos los comentarios en verso. “El jardín puebla el triunfo de los pavos reales/parlanchina la dueña dice cosas banales/y vestido de rojo piruetea el bufón”.

3 comentarios en Prosas profanas, versos sencillos

  1. Otto dijo el

    Murió Leonidas

  2. Otto dijo el

    Digo porque hace tiempo leí algo que venía a colación de esto:

    “En mi caso, tuve que hacerme una teoría propia. Teoría quiere decir ver. Es decir: ver y entender lo que yo estaba haciendo, porque no hay mayor estupidez que un tipo que está jugando pero no sabe a qué. Hay que entender el juego. Yo quería demostrar que el poema no se explica con la idea sino que se gesta en contra de lo que uno había pensado al principio.”

    vía: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0185/articulo.php?art=2130&ed=0186

  3. Bajo presupuesto y el triunfo de lo real | Hablando del asunto 3.0 dijo el

    [...] disolverse y reconstruirse. Hace un tiempo discutimos eso por este barrio: sobre un posible “fin del chiste“, sobre libros que trabajan en zonas cercanas, como Eden o [...]

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